A la mañana siguiente vió que tenía resultados, pero como todavía eran muy enanas se fue al pueblo a comprar un violín porque el sabía que la música ayuda a crecer a las plantas. Tocó el violín varias horas y las regó repetidas veces. El cansancio lo terminó llevando a la cama.
Repitió el procedimiento por semanas, hasta que un día se dió cuenta de que sus girasoles ya no parecían girasoles, ni si quiera parecían flores. Habían desarrollado oídos, ojos, boca (aunque no parecían tener nada que decir), nariz, cabello. Tenían cara. Lo grave era que crecieron hasta ser del tamaño de humanos sus hojas y tallo eran voluminosos y eran muchos. Tapaban todo el campo y la salida de el mismo. Ramiro se quedó atrapado, y lo único que pudo hacer fue tomar su violín empezar a tocar. Nunca más se quedó solo.
Sebastián Quirós. 1ºaño "A"
Buenísimo... Qué desenlace inquietante...
ResponderEliminarGracias por compartirlo con todos.